De
las colecciones que posee el Museo de Arte Contemporáneo,
las más completas e importantes son las de pintura, con
cerca de 600 obras, la de grabado, con casi mil ejemplares
y la de dibujos, témperas y acuarelas, que reúne alrededor
de 130 obras. Si bien su catalogación dentro de la colección
ha sido hecha por separado, lo cierto es que a partir
de la segunda mitad del siglo XX, la división existente
entre la pintura y las artes gráficas se diluye y gran
parte de los artistas realizan indistintamente grabados,
pinturas, acuarelas, témperas y dibujos. Por esta razón,
la reseña que sigue a continuación incorpora todas estas
técnicas, pues su historia se funde y complementa.
La colección de pintura posee cuadros representativos
de las primeras décadas del siglo XX y de finales del
siglo XIX, entre los que destaca un "Paisaje" de Pedro
Lira (1845 - 1912) y algunos retratos y desnudos de Alfredo
Valenzuela Puelma (1856 - 1909). Posee, además, pinturas
de Juan Francisco González (1853 - 1933), quien contribuyó
de manera definitiva para la asimilación de las nuevas
tendencias de la pintura, pues en su original obra, objetos
y paisajes cotidianos se convierten en composiciones sintéticas,
realizadas a partir del dibujo y de la construcción
de planos, alejándose del gusto y de los modos
académicos dominantes, a los cuales se opuso desde su
cátedra en la Escuela de Bellas Artes.
Fundamental
para la renovación de la pintura chilena fue la acción
de la llamada generación del Trece, que en la colección
del MAC se encuentra representada por obras de, entre
otros, Pedro Luna, Arturo Gordon, Enrique Lobos, Agustín
Abarca, Alfredo Lobos y Abelardo Bustamante. Ellos impulsaron,
bajo la influencia de la pintura hispánica promovida por
el español Fernando Álvarez, quien se desempeñó
entre 1908 y 1915 como profesor de las cátedras
de Composición y Color, una pintura de un mayor
expresionismo, incentivando el uso renovado del color
y de la mancha, en cuadros en los que se representaban,
por lo general, paisajes y escenas cotidianas.
La
generación siguiente, liderada por el denominado grupo
Montparnasse, acentuó la ruptura con la concepción
representativa de la pintura chilena, influidos por la
pintura europea y, en especial, por la del pintor francés
Paul Cèzanne. Además, junto al escritor Juan Emar,
escribirán el primer manifiesto de pintura de nuestra
historia, publicarán críticas y artículos
que causarán gran polémica. De este grupo,
el MAC posee pinturas de los hermanos Manuel y Julio Ortiz
de Zárate, José Perotti y Camilo Mori, quienes ejercieron
una gran influencia en la que luego se llamaría generación
de 1928, nombre alusivo a la fuerte polémica que realizaron
artistas como Ana Cortés, Inés Puyó, Marco Bontá, Augusto
Eguiluz, Gustavo Carrasco, Isaías Cabezón
y Camilo Mori, Héctor Cáceres y Hernán Gazmuri en el Salón
de 1928, todos ellos representados en la colección de
pinturas del museo. Tan radical fue el carácter innovador
de los cuadros presentados, que el gobierno del Presidente
Carlos Ibáñez del Campo (1927 - 1928) decidió decretar
el cierre de la Escuela de Bellas Artes y enviar a una
selección de veintiseis artistas a Europa a estudiar "artes
aplicadas". Sin embargo, fue este mismo gobierno quien
concretó, en 1929, el paso definitivo de la Escuela
de Bellas Artes a la Universidad de Chile, subordinándola
a la Facultad de Ciencias y Artes Aplicadas, que pasaría
a constituir, en 1948, la Facultad de Bellas Artes de
la Universidad de Chile. Creó, además, el
Museo de Arte Contemporáneo, el Museo de Arte Popular
Americano, la Orquesta Sinfónica Nacional, el Ballet
Nacional y el Teatro Experimental. Por otra parte, los
artistas enviados a Europa durante su gobierno - entre
otros, el escultor Julio Antonio Vásquez y los
pintores Héctor Banderas, Marcos Bontá,
Gustavo Carrasco, Héctor Cáceres, Augusto
Eguiluz y José Perotti, representados con diversas
obras en las colecciones del MAC - realizarán una
profunda modernización de los métodos de
enseñanza del arte, que se proyectará en
la siguiente generación.
Al margen de los artistas que participaron en el Salón
de 1928 y del grupo Montparnasse, Pablo Burchard,
(1873 - 1964), de quien conserva el museo cuatro pinturas,
realizó una persistente búsqueda a través de la presencia
real de las cosas, que se revisten en sus telas de una
intensa densidad pictórica a través de la luz y
del color, profundizando y proyectando hacia sus alumnos
de la Escuela de Artes Aplicadas, las inquietudes que
ya se habían manifestado en la pintura de Juan
Francisco González.
Paralelamente a la renovación del lenguaje pictórico
llevado a cabo por esta generación, se genera en
el taller de Artes Gráficas de la Escuela de Bellas
Artes, por primera vez en Chile, un centro de grabado
promovido y conducido, a partir de 1931, por Marco Bontá.
En este taller se especializaron Francisco Parada (1900
- 1959), Carlos Hermosilla Álvarez (1905), Pedro
Lobos (1919 - 1968) y, más tarde, Viterbo Sepúlveda
(1935 - 1974) y Julio Palazuelos (1931). El trabajo de
Marco Bontá tuvo gran importancia para el desarrollo
del grabado chileno, puesto que no sólo asentó
las bases para la enseñanza de las técnicas,
sino que, además, recuperó las tradiciones
y personajes chilenos, rescatando así el trabajo
realizado por los grabadores anónimos que ilustraban
diarios populares. La importante colección de grabado
del MAC incluye obras de estos y otros artistas pertenecientes
a esta generación.
La
generación del 40, en la que participaron, entre otros,
Israel Roa, Francisco Otta, Carlos Pedraza, Sergio Montecino,
Reinaldo Villaseñor, Gabi Garfias, Olga Morel y
Ximena Cristi, está marcada por un cromatismo más
libre y por la exacerbación del ritmo. La pintura
de esta generación se caracterizó por la
búsqueda de las posibilidades expresivas del color,
el que era aplicado en grandes superficies. Respecto al
grabado, éste se desarrolla, durante este período,
principalmente en el taller de grabado de la Escuela de
Bellas Artes, el que acoge a gran cantidad de artistas
que se habían desarrollado también en otras
disciplinas. Centro de formación de varias generaciones
de artistas, el taller de grabado de la Escuela de Bellas
Artes fue dirigido por importantes artistas, entre los
cuales destacan Eduardo Martínez Bonatti, Julio
Palazuelos, Pedro Millar, Eduardo Vilches y Eduardo Garreaud.
La
generación de artistas que surge en los años 50, a pesar
de estar vinculada a la precedente generación,
expresa con mayor énfasis una necesidad no figurativa,
motivada también por los crecientes contactos con las
corrientes europeas contemporáneas. Las obras de esta
generación inauguran dos tendencias reflexivas y rupturistas:
la abstracción lírica, ligada al surrealismo europeo,
que buscó reducir la representación figurativa dando énfasis
a los efectos sugestivos y a los gestos, y la abstracción
de carácter geométrico o concreto, orientada hacia
el abandono de toda connotación representativa. Las obras
de Mario Carreño, Ramón Vergara Grez, Iván Vial,
James Smith, Ricardo Irarrázaval, Gustavo Poblete
y Matilde Pérez, pertenecientes a la colección del MAC,
son características de este período.
Entre
los artistas vinculados a la abstracción lírica
cuyas obras hacen parte de la colección del MAC destacan
las esculturas de Marta Colvin y pinturas y obras gráficas
de Roberto Matta, Enrique Antúnez Zañartu, Nemesio Antúnez,
Inés Puyó y Eduardo Martínez Bonatti, quien integró luego,
junto a Gracia Barrios, Alberto Pérez y José Balmes, el
grupo Signo, que introdujo el Informalismo en Chile.
Para ellos, la referencia a lo real no estaba vinculada
a la representación de una realidad ficticia, sino a la
presentación de los materiales y elementos utilizados
en el cuadro: madera, papel, cartones, diarios, piezas
de desecho, cemento.
La
fuerte crítica que emprendieron los integrantes de este
grupo tanto a las normas estéticas y fórmulas plásticas
como a los lugares tradicionales de exhibición y a los
concursos de arte, tuvo como contraparte, en la década
de los 60, el surgimiento de una nueva figuración
que abordó, incorporando los nuevos lenguajes,
problemas y situaciones que caracterizan a la sociedad
contemporánea. Así, en las obras de Rodolfo Opazo, de
Carmen Aldunate, de Patricia Vargas, de Ricardo Yrarrázaval,
de Valentina Cruz, de Eduardo Garreaud y de Jaime León
y en los primeros trabajos de Carlos Altamirano y Eugenio
Dittborn - representados todos ellos en las colecciones
de dibujo y de grabado del museo - incidió, por
lo general, el violento desface entre el hombre y su constitución
como individuo, de ahí que este quiebre se aluda a través
de la presencia de figuras mitológicas, de símbolos emblemáticos,
de máquinas, sistemas de identificación y entornos urbanos.
Junto a este grupo de artistas, Roser Bru, Pedro Bernal
Troncoso, Santos Chávez, Mireya Larenas, Delia Del Carril
y Guillermo Núñez, desarrollaron en sus dibujos, grabados
y pinturas, en mayor o menor grado, una línea vinculada
al expresionismo. Paralelamente a esta búsqueda,
otros artistas desarrollan su trabajo dentro del arte
objetual: Hugo Marín, Carlos Ortúzar.
Dentro de esta tendencia a rescatar lo figurativo, una
serie de artistas han optado por establecer, desde una
pintura técnicamente tradicional, una crítica y una ruptura
respecto a los parámetros de la pintura convencional y
a las expectativas de quien se enfrenta a ellas. Un caso
paradigmático está dado por la obra de Juan Domingo Dávila
-de quien el MAC posee una serigrafía- donde confluyen
una citación fragmentada de obras de arte, de elementos
asociados a la gráfica de revistas y folletines, de estereotipos
culturales y sociales y en cuya juxtaposición quedan al
descubierto hábitos y comportamientos vedados. En un sentido
totalmente opuesto, la producción de los realistas Claudio
Bravo (representado en la colección por un dibujo)
y Ernesto Barreda, entre otros, busca recuperar, con motivos
actuales, las técnicas y modelos pictóricos clásicos.
A pesar de utilizar elementos figurativos, se diferencia,
dentro de esta nueva figuración, la obra de Juan
Downey (1940 - 1993)), representada dentro de la colección
de grabado del MAC, pues ella alude a la realidad a través
de la apropiación de los instrumentos elaborados por otras
disciplinas y actividades del hombre, influenciado por
el creciente desarrollo tecnológico y científico, por
una parte, y por la desaparición de otros modos de acercamiento
a la naturaleza y a lo real. Al alterar las funciones
y finalidades de estos sistemas o al referirlos al arte,
Downey y otros artistas que han operado en este campo,
contribuyeron a diluir las categorías intelectuales tradicionales
y obligaron al espectador a participar activamente en
la comprensión de la obra. En sus grabados, videos, grabaciones
y dibujos, Downey impuso el concepto de "comunicador cultural",
dándole una dimensión más vasta al quehacer artístico.
En
una dirección similar a la de Juan Downey, pero utilizando
materiales y temáticas distintas, la producción de los
artistas que se vincularon, en la década de los 70, al
arte conceptual, prescindieron de aquellos elementos que
habían caracterizado a las disciplinas artísticas tradicionales
e impusieron, como modalidades, el happening, la instalación
y el video. De este grupo de artistas, el Museo de Arte
Contemporáneo posee obras Lotty Rosenfeld y Paz Errázuriz
y una pintura de Francisco Brugnoli, quienes realizaron
obras materialmente frágiles y precarias desde las cuales
cuestionaron a las instituciones de poder y las formas
de arte más complacientes.
En respuesta a los trabajos experimentales de los años
70, la generación siguiente recuperará lenguajes más convencionales
vinculados a las formas más tradicionales del arte y caracterizados
por el carácter lúdico e irreflexivo de las obras. Carlos
Maturana ("Bororo"), Felix Lazo, Sammy Benmayor, Alejandro
Quiroga, Hernán Fuenzalida y Ciro Beltrán
son algunos de los artistas incluídos en este segmento
representados en la colección del MAC.