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El
fermento político de los '60 había empujado el
arte hacia una impersonalidad de expresión que no podía
conjugar el ego siempre apostado detrás del impulso creativo
de la imagen.
En
la segunda mitad de los '70, en cambio, el arte de la transavanguardia,
practicado en Italia por Chia, Clemente, Cucchi, De Maria
y Paladino, ha encontrado nuevamente el placer de una manualidad
que no está separada del impulso conceptualista. La
manualidad significa capacidad de fijar el trabajo del arte
en las cercanías de un subjetivismo que utiliza todos
los instrumentos expresivos y todos los lenguajes posibles.
La
subjetividad se afirma justamente a través de la accidentalidad
de la imagen que no es nunca un momento unitario y totalitario,
sino una visión precaria que no recoge, o no quiere
hacerlo, el sentido del mundo y la idea del infinito que lo
acompaña. Aquí la imagen se vuelve depósito
de una potencialidad apenas acentuada, expresada artísticamente
con gracia y furor.
De
la subjetividad, los artistas de la transavanguardia trasmiten
en la obra no tanto el momento autobiográfico y privado
sino los elementos estructurales que lo caracterizan: la variabilidad,
la precariedad, la contradicción y el amor por el detalle.
Una sensibilidad activa, no agresiva, ligada a la perspectiva
de gustar, impregna su trabajo, unido a la idea de una garantía
interna del arte, la de lograr fundar la realidad minoritaria
en cuanto ligada al latido individual de una imagen personal.
La
variabilidad es dada por el carácter transitorio del
estilo que nunca es asegurado por la idea continuidad y estabilidad.
En efecto Chia, Clemente, Cucchi, De Maria y Paladino usan
lenguajes diferentes y diferenciados, resabios de culturas
lejanas en el tiempo y también cercanas a la contemporaneidad.
Una sensibilidad abierta promueve imágenes que se sobrepasan
entre ellas y se alejan del criterio de la poética
y de una tradicional fidelidad a ella. Naturalmente la imagen
se mueve entre lo figurativo y el abstracto, entre la remisión
a otra figura redundante y la equilibrada reticencia del motivo
abstracto y decorativo.
La
precariedad se encuentra en la hechura de la obra que no se
queda nunca en un perfeccionismo académico sino que
se encuentra siempre en movimiento entre la compulsión
del hacer y la estabilidad del resultado. Además la
imagen recoge siempre sensaciones móviles como la agudeza
en la obra de Chia, el sentido de la materia en la de Cucchi,
la suspensión del tiempo en Clemente, la música
del color en De Maria y la polivalencia de motivos en Paladino.
El tiempo como flujo imparable se vuelve momento afirmativo
de una obra que contiene en sí misma los síntomas
de su adelanto.
La
contradicción nace justamente del deseo de no dejarse
encerrar en la geometría de una coherencia ligada a
una idea del mundo fija, bloqueada por la ideología.
Las imágenes son síntomas de un asiento inagotable
de que en su manifestación no se deja detener por un
lenguaje unívoco. Imágenes irónicas y
dramáticas, marcas resonantes y neutras transitan continuamente
sobre la superficie de la obra sin jamás connotar y
definir lo que quiere quedar móvil y abierto.
El
amor por el detalle la exigencia de recoger las pequeñas
sensaciones y los pequeños pensamientos. Estos artistas
oponen la idea de la concentración a la monumental
y heroica que acompaña todo el trabajo de los años
sesenta. El detalle es el ancla de la precariedad, el punto
de apoyo de un arte que opera sobre el plano inclinado de
la sensibilidad y del estado de gracia. La humilde pericia
de la técnica demuestra también un comportamiento
antiheroico e irónicamente doméstico. En estos
artistas no es casual recurrir al diseño que les permite
una expresión más sutil e huidiza, dinámica
y fluida. El dibujo permite atrapar el pasar veloz de la sensibilidad,
su desenvolvimiento frente al obstáculo de la materia
y de la pintura. La marca no encuentra obstáculos,
al contrario, permite imágenes que no dramatizan su
propia aparición sino que la dejan ágil, cordial.
El dibujo permite ser alusivos sin ser perentorios, permite
la afirmación del estado de ánimo, también
mental, sin la necesidad de la descripción definitiva
y categórica.
El
dibujo en los trabajos de Chia, Clemente, Cucchi, De Maria
y Paladino es signo, trazo, imagen, retrato, línea,
esbozo, arabesco, paisaje, planta, diagrama, perfil, silueta,
viñeta, ilustración, figura, escorzo, grabado,
sección, boceto, calco, caricatura, claroscuro, grafito,
incisión, mapa, litografía, pastel, aguafuerte,
xilografía. Los instrumentos pueden ser, carboncillo,
lápiz, pluma, pincel, lápiz, compás,
tiralíneas, escuadra, pantógrafo, regla de cálculo,
regla, esfumino, molde. El proceso puede ser:
Trazar
arabescos, calcar, componer, copiar, borrar, corregir, lustrar,
recabar. El resultado: campo, contorno, sombra, ornato, perspectiva,
bosquejo.
Muchas
veces en estos artistas el dibujo produce marcas íntimas
y emblemáticas, trabaja a través de la sombra
y el matiz, trata de atrapar una segunda alma en las cosas,
sospecha visiones intocables e imprevisibles bajo la aparente
visión de una cotidianeidad que parece cerrada y unívoca.
Por otra parte tiende siempre a darse como trazo de una imagen
más amplia y concreta, una imagen que escoge quedarse
en un querido estado de incertidumbre. La incertidumbre nace
no solamente por recurrir a la sombra y al matiz, sino también
de la minúscula ocupación de espacio y tiempo,
referido a la ejecución.
El
dibujo parece siempre desnudar el asalto del artista en el
espacio inmaculado de la hoja. Aquí lo público
y lo privado coinciden: el umbral de la expresión inicia
antes de cualquier trazo, inicia en el momento de la elaboración
mental de la imagen, en el movimiento y en el estremecimiento
de la mano sobre la hoja.
El
arte finalmente se vuelve a sus motivos internos, a las razones
constituyentes de su obrar, a su lugar por excelencia que
es el laberinto, entendido como " trabajo de adentro
", como excavación continua en la sustancia de
la pintura. La idea del arte a fines de los años setenta
es la de encontrar el placer y el peligro de tener las manos
en la masa, rigurosamente, en la materia de lo imaginario,
hecha de relajación y actividad, de aproximaciones
pero nunca de escalas definitivas . La obra se vuelve una
mapa del nomadismo, del desplazamiento progresivo practicado
fuera de toda dirección preconstituida por parte de
artistas que son ciego-videntes, que se embelesan frente a
un arte que no se reprime frente a nada ni siquiera frente
a la historia.
En
los años sesenta el arte tenía una connotación
moralista, también la de vanguardia: la fórmula
del arte pobre perseguía en su dibujo crítico
una línea de trabajo represiva y masoquista afortunadamente
contradecida por algunas obras de los artistas. Sucesivamente,
la práctica creativa anuló la censura formal
referente a la producción artística en favor
de una práctica de la opulencia, como indemnización
por una pérdida inicial, vía ascensional que
no significa ascetismo o renuncia sino un crecimiento y desarrollo
de la capacidad de volverse poseedores, al límite de
una posesión continuamente en discusión por
el natural movimiento de la obra y del artista que es de desposeimiento
y superación. La opulencia consiste en la capacidad
de invertir en la pérdida inicial, en la condición
nocturna de lo cotidiano, el riesgo de la práctica
solar del arte. Finalmente la práctica pictórica
es asumida como un movimiento afirmativo, como un gesto ya
no de defensa sino de penetración activa, diurna y
con fluidez. El asunto inicial es él de un arte como
producción de catástrofes, de una discontinuidad
que rompe los equilibrios tectónicos del lenguaje en
favor de una precipitación en la materia del imaginario
no como un retorno nostálgico, como reflujo, sino como
flujo que arrastra dentro de sí la sedimentación
de muchas cosas, que superan el simple retorno a lo privado
y a lo simbólico.
La
vanguardia, por definición, siempre ha operado dentro
de los esquemas culturales de una tradición idealista
tendente a configurar el desarrollo del arte como una línea
continua, progresiva y recta. La ideología, a la base
de esta mentalidad, es la del darwinismo lingüístico,
de una idea evolucionista del arte, que afirma una tradición
del desarrollo lingüista de los antepasados de la vanguardia
histórica hasta los últimos éxitos de
la búsqueda artística. El idealismo de esta
posición se encuentra en la consideración del
arte y de su desarrollo fuera de los golpes y contragolpes
de la historia, como si la producción artística
viviera fuera de la producción más general de
la historia.
Hasta
los años setenta, el arte de vanguardia ha conservado
esta mentalidad, obrando siempre al interior de la proposición
filosófica del darwinismo lingüístico,
de un evolucionismo cultural respetuoso de toda genealogía
con un empeño purista y puritano. Esto ha ocasionado
una producción artística y crítica atenta
en ponerse en el surco geométrico y cerrado de la continuidad.
En definitiva la neovanguardia ha querido salvar la consciencia
feliz del artista basada en la coherencia interna del trabajo
realizado en el ámbito experimental del lenguaje contra
la incoherencia negativa del mundo.
Esto
comporta una coacción a lo nuevo que ha distinguido
la producción artística de los años sesenta,
entendida como una actividad circunscrita al lenguaje que
promueve la necesidad de experimentar nuevas técnicas
y nuevos métodos hacia una realidad dinámica
y en si misma experimental como capacidad productora y de
desarrollo de las tendencias del pensamiento.
Los
artistas de los años setenta empiezan a operar en el
momento en que se detiene la coacción a lo nuevo, en
el momento de la reducción productiva de los sistemas
económicos, cuando el mundo es preso por una serie
de crisis que desnudan el vértigo productivo de todos
los sistemas ideológicos.
Finalmente
se ha hablado y se habla de crisis del arte. Pero si por crisis
entendemos, según la etimología, el "punto
de quiebre" y "comprobación", entonces
podemos usar esa palabra como angulosidad permanente para
verificar el verdadero tejido del arte.
Dos
son los niveles que se usan para definir la crisis del arte:
la muerte del arte y la crisis de la evolución del
arte.
Según
Hegel, por muerte del arte se entiende la superación
de las categorías del quehacer artístico por
parte de la filosofía, como ciencia del pensamiento
que comprende y absorbe la intuición artística.
Más modernamente, la muerte del arte se remonta a la
constatación que tal experiencia no logra influir en
los niveles de la realidad. Y, si por una parte se subraya
la impotencia de la sobre estructura (el arte) frente a la
estructura (la economía, la política), por otro
lado se afirma la caída de la producción artística
desde calidad (valor) a cantidad (mercadería).
Hoy,
por crisis del arte, en sentido cerrado, se entiende en cambio
la crisis en la evolución de los lenguajes artísticos,
la crisis de la mentalidad darwinista y evolucionista de la
vanguardia. Este momento crítico es derribado por la
generación artística a fines de los años
setenta en términos de nueva operacionalidad. Ella
ha desenmascarado el valor progresivo del arte, demostrando
como frente a la no modificabilidad del mundo, el arte no
es progresista, sino que progresivo, con respecto a la consciencia
de la propia, circunscrita evolución interna.
Ahora
el escándalo, paradójicamente, consiste en la
falta de novedad, en la capacidad del arte de asumir una pausa
biológica, hecha de aceleraciones y desaceleraciones.
La novedad nace siempre de una necesidad de mercado que necesita
de la misma mercadería, pero transformada en la forma.
En este sentido en los años sesenta han sido quemadas
muchas poéticas y los agrupamientos inferiores. Ya
que los agrupamientos, a través de las poéticas,
permiten construir esa noción de gusto que, justamente
por la cantidad de artistas operantes en la misma dirección,
permite el consumo social y económico del arte.
Finalmente
las poéticas se han raleado, cada artista opera a través
de una búsqueda individual que quiebra el gusto social
y persigue la finalidad del propio trabajo. El trabajo de
la individualidad, del operar individualmente se contrapone
a un sistema social y cultural atravesado por sobrestantes
sistemas totalitarios, la ideología política,
el sicoanálisis y las ciencias, que resuelven al interior
de su propia óptica, del propio objeto las contradicciones
y los restos producidos por la realidad en el proceso de elaboración.
Una cultura de las previsiones, comprime la vida en un campo
de concentración que debilita el expandirse y tiende
a reducir el deseo y la producción material fuera de
los caminos retorcidos e imprevisibles en los cuales se forma.
El sistema religioso de las ideologías, de la hipótesis
sicoanalítica, científica, tiende a volver funcional
al sistema todo aquello que es diferente, reciclando y convirtiendo
en términos funcionales y productivos todo aquello
que en cambio nace de la práctica de la realidad.
Lo
que no se puede reducir a esos términos es justamente
el arte, que no puede confundirse con la vida, al contrario,
el arte sirve a empujar la existencia hacia condiciones de
imposibilidad. La imposibilidad en este caso es la posibilidad
de tener la creatividad artística anclada al proyecto
de la propia producción. El artista ahora opera en
el umbral de un lenguaje irreducible con respecto a la realidad,
bajo el impulso de un deseo que nunca cambia, en el sentido
que nunca se transforma sino en su apariencia. En este sentido
el arte es producción biológica, actividad aplicada
de un deseo che se deja homologar solamente en la propia imagen
pero no en la motivación. El arte no acepta transiciones,
conjuga dentro de la necesidad del artista de volver absoluto
el dato relativo de la producción corriente y de crear
discontinuidad de movimiento donde exista la austera inmovilidad
del concepto productivo.
Ahora
el arte no es comentario insertado por el artista en el lugar
del lenguaje, que no es nunca doble y especular con respecto
a la realidad. En este sentido la producción del arte
por parte de la generación de los años setenta
se mueve a través de senderos que exigen otra disciplina
y otra concentración. Aquí la concentración
se vuelve desconcentración, necesidad de catástrofe,
ruptura de la necesidad social. La experiencia artística
es una experiencia laicamente necesaria que refuerza la imposibilidad
de la ruptura, lo insanable de cada conflicto y de toda reconciliación
con las cosas. Este tipo de arte nace del conocimiento de
la irreductibilidad del fragmento, de la imposibilidad de
devolver unidad y equilibrio. La obra se vuelve indispensable,
en cuanto restablece concretamente rupturas y desequilibrios
en el sistema religioso de las ideologías políticas,
sicoanalíticas y científicas que optimísticamente
tienden a convertir el fragmento en términos de totalidad
metafísica.
Solo
el arte puede ser metafísico ya que logra mover su
propio fin desde afuera hacia adentro a través de la
posibilidad de fundar el fragmento de la obra como una totalidad
que, al aparecer no lo vuelve hacia otro valor externo.
Substancialmente
el arte encuentra en sí mismo la fuerza de establecer
el depósito desde el cual sacar la energía necesaria
para construir las imágenes, y las imágenes
mismas, entendidas como extensiones del imaginario individual
que se eleva a valor objetivo y comprobable a través
de la intensidad de la obra. Porque sin intensidad no hay
arte. La intensidad es la cualidad de la obra de entregarse,
según Lacan, como hipnotizador, como capacidad de fascinación
y captura del espectador dentro el campo intenso de la obra,
dentro del espacio circular y autosuficiente del arte que
funciona según leyes internas reguladas por el don
demiúrgico otorgado al artista, desde una metafísica
interna que excluye toda devolución y toda motivación
exterior.
Regla
y motivación del arte son la obra misma que impone
la sustancia del propio aparecer, hecha de materia y de forma,
de pensamiento directamente encarnado en el lugar de la pintura
y de la marca, no pronunciable sino a través de las
gramáticas de la visión.
De
tal manera el arte de fines de los'70 se presenta positivamente
desmenuzada, esparcida en muchas obras, cada una llevando
dentro de sí la intensa presencia de su propia existencia
regulada por un impulso circunscrito a lo singular de la obra
creada. Así se limita el concepto de catástrofe,
entendido como producción de discontinuidad en un tejido
cultural dominado en los años sesenta por el principio
de la homologación lingüística.
La
utopía internacionalista del arte ha diferenciado la
búsqueda del arte pobre, toda vuelta a desfondar los
límites nacionales perdiendo y alterando de tal manera
las raíces culturales y antropológicas más
profundas.
Frente
al aparente nomadismo del arte pobre de las experiencias de
los años sesenta basado sobre el reconocimiento de
afinidades metodológicas y técnicas, los artistas
de los años setenta oponen un nomadismo diferente y
diversificado que juega sobre el movimiento progresivo de
la sensibilidad y de la diferencia entre una obra y la otra.
Los
imprevistos derrumbes del imaginario individual presiden la
creatividad artística precedentemente insensibilizada
por el carácter de la impersonalidad, sincrónica
también al clima político de los años
sesenta que predicaban la despersonalización en el
nombre de una primacía de lo político. Ahora,
en cambio, el arte tiende a adueñarse de la subjetividad
del artista, de expresarla a través de las modalidades
internas del lenguaje. Lo personal adquiere un valor antropológico
en cuanto participa a volver el individuo, en este caso el
artista, a un estado de reanudación de un sentimiento
que es él de sí mismo.
La
obra se vuelve el microcosmo que recibe e funda la capacidad
opulenta del arte de permitir adquirir el poder de volver
a ser dueños de una subjetividad fluida hasta el punto
de entrar en los pliegues de lo privado, que en todo caso
se funda en su propio impulso y no sobre otro valor y la motivación
de su propio operar.
El
ideologismo del "poverismo" y la tautología
del arte conceptual encuentran una superación en un
nuevo modo que no predica ninguna primacía sino la
del arte y de la flagrancia de la obra que reencuentra el
placer de su propia exhibición, de su propio espesor,
de la materia de la pintura finalmente ya no humillada por
imposiciones ideológicas o de enredos puramente intelectuales.
El arte descubre la sorpresa de una actividad creativa al
infinito, abierta también al placer de sus propias
pulsaciones, de una existencia caracterizadas por mil posibilidades,
desde la figura a la imagen abstracta, desde la fulguración
de la idea al suave espesor de la materia que se atraviesan
y se juntan en la instantaneidad de la obra, absorta y suspendida
en su regalarse generosamente como visión.
El
arte en los años setenta encuentra en la actividad
nómade su propio movimiento excelente, la posibilidad
de transitar libremente en todos los territorios sin ningún
obstáculo con aperturas en toda las direcciones. Artistas
como Chia, Clemente, Cucchi, De Maria y Paladino operan en
el campo móvil de la transavanguardia, entendida como
un atravesar de la noción experimental de la vanguardia
según la idea que cada obra presupone una manualidad
experimental, la sorpresa del artista hacia una opera que
se construye ya no según la certeza anticipada de un
proyecto y de una ideología, sino que se forma bajo
sus ojos y bajo el impulso de una mano que se hunde en la
materia del arte, en un imaginario hecho del encarnarse entre
la idea y la sensibilidad.
La
noción del arte como catástrofe, como accidentalidad
no planificada que vuelve cada obra diferente de la otra,
permite a estos artistas una vialidad, también en el
ámbito de la vanguardia y en su tradición ya
no lineal sino hecha de hendiduras, de superposiciones, de
retornos y de proyecciones hacia adelante, según un
movimiento y una peripecia que nunca son repetitivos en cuanto
marcan la geometría sinuosa de la elipsis y de la espiral.
La
transavanguardia significa asunción de una posición
nómade que no respeta ningún compromiso definitivo,
que no posee ninguna ética privilegiada sino aquella
de seguir las reglas de una temperatura mental y material
sincrónica a la instantaneidad de la obra.
Transavanguardia
significa apertura hacia el intencional dominio del logocentrismo
de la cultura occidental, hacia un pragmatismo que restituye
espacio al instinto de la obra, que no significa actitud pre-científica,
sino una madurez de una posición post-científica
que supera la fetichista adecuación del arte contemporáneo
a la ciencia moderna: la obra se vuelve el momento de un funcionamiento
energético que encuentra en sí misma la fuerza
de la aceleración y de la inercia. Así pregunta
y respuesta se igualan en la competición de la imagen
y el arte supera la connotación típica de la
producción de la vanguardia, la de constituirse como
interrogante que sobrepasa la expectativa del espectador para
remontarse a las causas sociológicas que la han provocado.
El arte de la vanguardia presupone siempre un malestar y nunca
la felicidad del público, obligado a moverse fuera
del campo de la obra para entender su valor completo.
Los
artistas de fines de los '70, los que yo llamo de la transavanguardia,
vuelven a descubrir la posibilidad de evidenciar la obra mediante
la presentación de una imagen que es al mismo tiempo
un enigma y una solución. El arte pierde así
su lado nocturno y problemático, de solamente interrogar,
en favor de una gloriosa visualización que significa
la posibilidad de realizar obras hechas con arte, en la que
la obra es realmente hipnotizadora en el sentido que doma
la mirada inquieta del espectador, acostumbrado por la vanguardia
a la obra abierta, al proyectado inacabado de un arte que
exige la perfectiva intervención del espectador.
El
arte en los años setenta tiende a llevar la obra en
el lugar de una contemplación satisfactoria, donde
la lejanía, la distancia de la contemplación,
se carga de erotismo y de energía toda emanante de
la intensidad de la obra y de su metafísica interna.
La
transavanvguardia se mueve en forma de abanico con una torsión
de la sensibilidad que permite al arte un movimiento en todas
las direcciones, incluidas las del pasado. "Zarathustra
no quiere perder nada del pasado de la humanidad, quiere poner
todo en el crisol" (F. Nietzsche). Esto significa no
tener nostalgia de nada, ya que todo siempre es alcanzable,
sin categorías temporales o jerárquicas de presente
y pasado, típicas de la vanguardia que siempre ha vivido
el tiempo pasado como la arqueología o como descubrimiento
que hay que reanimar.
SANDRO
Chia trabaja sobre un abanico de estilos, siempre
sostenido por una pericia técnica y por una idea del
arte que busca en sí misma los motivos de su propia
existencia. Tales motivos consisten en el placer de una pintura
finalmente restada a la tiranía de la novedad y por
el contrario confiada a la capacidad de utilizar diversas
"formas" para llegar a la imagen. Los punto de referencia
son innumerables, sin exclusión alguna, desde Chagall
a Picasso, de Cezanne a De Chirico, de Carrá futurista
a Carrá metafísico y del novecientos. Pero el
llamado estilístico es inmediatamente absorbido por
la cantidad del resultado, en el cruce entre pericia técnica
y estado de gracia. La pintura se vuelve un campo en el cual
manualidad y concepto encuentran finalmente un equilibrio.
En Chia la imagen siempre es sostenida por la necesidad del
título, de una leyenda de pequeña poesía
pintada directamente sobre el cuadro, que sirve a develar
el mecanismo interno. El placer de la pintura es acompañado
por el placer de la ocurrencia, por la capacidad de integrar
el furor de la hechura del cuadro con la preventiva separación
de la ironía.
La
obra se vuelve un circuito móvil de referencias internas
y externas, todos al servicio de una imagen que se ofrece
al examen de una doble valencia: como sustancia pictórica
y como forma mental. En el primer caso la imagen está
satisfecha por la materia que la constituye, en el segundo
caso ella se pone como demostración estupefaciente
de una idea: una idea en el arte existe solamente si es encarnada
en el tejido del lenguaje. En Chia la imagen siempre es clara.
FRANCESCO
Clemente opera sobre el desplazamiento progresivo
del estilo, sobre el uso indiferenciado de muchas técnicas,
El trabajo es acompañado y sostenido por una idea del
arte por nada dramática que logra encontrar en el nomadismo
de la liviandad, la posibilidad de una imagen en las cual
se cruzan repetición e indiferencia. La repetición
nace del uso intencional de estereotipos, de referencia y
estilismos que permiten llevar en el arte la idea del convencionalismo.
Pero
ese convencionalismo es solamente aparente, en cuanto la reproducción
de la imagen no se produce nunca de forma mecánica
ni servil. Al contrario tiende a realizar siempre variaciones
sutiles e imprevistas que crean en la imagen reproducida un
desplazamiento. El desplazamiento, la idea de una suspensión
temporal, que nace de un estado de disminución, llevando
a un resultado que evidencia imperceptibles diferencias; esta
posibilidad es dada por el hecho que Clemente trabaja sobre
el deslizamiento del significante, sobre una cadena de asonancias,
de analogías visivas que liberan la imagen de toda
obligación y referencia.
Todo
esto crea un nuevo estado contemplativo de la imagen, una
especie de calma, en cuanto ella ha sido substraída
al ruido de sus tradicionales referencias y llevada a la posición
de una diferente orientación, explícita y falsamente
convencional. La extrema claridad tiende a producir una imagen
que no declara ningún esfuerzo y ninguna traba para
los acercamientos entre los cuales vive. Como impregnada por
una disciplina oriental, la nueva imagen no manifiesta emociones
sino un natural estado de calma.
ENZO
Cucchi radica la práctica pictórica
asumiendo el cuadro como un instrumento y no como un fin.
La pintura se vuelve un proceso de agregación de varios
elementos figurativos y abstractos, mentales y orgánicos,
explícitos y alusivos, mezclados entre ellos sin solución
de continuidad. Materia pictórica y extra-pictórica
se cruzan sobre la superficie del cuadro. Todo responde a
una dinámica, a un movimiento imparable que arrastra
las figuras pintadas y líneas de color fuera de toda
ley de gravedad. El cuadro es un depósito provisorio
de energías que suscitan imágenes, espesores
de materia pictórica y extensiones de cerámica
fuera del tradicional soporte de la tela. La raíz de
este trabajo encuentra sus orígenes en el tejido de
una pintura expresamente menor, ligada a un territorio antropológico
y cultural estrictamente italiano. En el plano del lenguaje
visivo Scipione y Licini parecen ser los puntos de referencia
de la pintura de Cucchi. Del primero el artista toma el uso
del color como areola.
de
Licini encontramos el sentido dinámico del espacio,
de la libertad de colocar los elementos figurativos fuera
de cualquier referencia naturalista. El espacio del cuadro
o de la hoja no es el fondo de la imagen, sino una emanación
y manantial de energía. La idea es la de un arte que
se adhiere a las cosas y al mismo tiempo instaura una cadena
de contactos y de relaciones móviles entre sí,
hasta el punto de transfigurarlas en marcas de otra posición,
la de una llegada dinámica en el cual el alto y lo
bajo coinciden.
NICOLA
De Maria
tiende a salirse del marco del cuadro y a aparecer en el espacio
ambiental, donde realiza un campo visual en el cruce de muchos
retornos. La pintura es un instrumento de representación
del desplazamiento progresivo de la sensibilidad, estado mental
y estado psicológico se funden en una imagen que opera
en la fragmentación de los datos visuales. El resultado
es una especie de arquitectura interior, que acoge en sí
misma todas las vibraciones y las emociones que se encuentran
en el proyecto de la obra.
Cada
fragmento vive un sistema de relaciones móviles de
manera que no existan puntos privilegiados y centrales, A
la noción de espacio De Maria sustituye la del campo,
una red dinámica y potencial de las relaciones que
encuentran su constante visiva en la abstracción. El
movimiento es él de la música, en el cual no
existen pausas sino un continuum envolverse de marcas, una
pintura ambiental que se remonta incesantemente a una pulsación,
la de la subjetividad pura.
La
arquitectura de la obra es flexible, siguiendo, cada vez el
espacio entre los cuales se coloca. Lo concreto y la rarefacción
se alternan mediante la colocación de elementos de
madera pintados, que destacan el ambiente, y la presencia
de zonas compactas de color que recuerdan silenciosamente
estados indescriptibles y condiciones mentales tomados en
su absolutidad
El
lenguaje empleado, mediante el uso alternado de marcas geométricas
y orgánicas, tiene a darse al mismo tiempo como exteriorización
y como interiorización de la condición sensible
del artista, como instrumento de canto y de representación
lírica.
MIMMO
Paladino realiza una pintura de superficie. El
practica una idea de superficie como única profundidad
posible. De esta manera emergen en forma visiva todos los
datos de la sensibilidad, los más externos ligados
a recuerdos culturales y los más internos ligados a
la condición psicológica. La pintura se vuelve
el lugar de la traducción en imagen de motivos sutiles
e impalpables.
Signos
de la tradición abstracta, cuya matriz son las obras
de Kandinsky y de Klee, y los más redundantes de la
figuración se trenzan en un motivo único y orgánico.
Las
diferentes temperaturas de la sensibilidad se condensan entre
sí según un lazo abierto a la libre asociación.
La rarefacción de toda temperatura diversa, mental
y material encuentra sobre la superficie el lugar adecuado.
Paladino nunca tiende a declarar su propia autobiografía,
en cuanto todo se vuelve motivo de pintura. La geometría
del signo es inmediatamente interrumpida por el espesamiento
de elementos figurativos que se integran dulcemente, sin saltos
de tono cromático, con el resto de la composición.
La
idea que sostiene la imagen es la del fragmento del particular
que se dilata y se junta a otro particular. El estado de ánimo
que sostiene la composición es el estado de la pintura
total, sostenida por una serie de recuerdos y lenguajes sacados
del pasado en la historia del arte. Pero el recuerdo siempre
es atenuado por una recuperación interior del dato,
en el sentido de una asimilación dentro de la temperatura
del sujeto. La superficie del cuadro se vuelve la entrada
explícita de la imagen también cuando esta pareciera
salirse del marco y del muro. Los signos son cifras que colorean
y decoran la piel de la pintura.
Ahora
hacer arte significa tener todo sobre la mesa en una contemporaneidad
voluble y sincrónica que logra colar en el crisol de
la obra imágenes privada y míticas, marcas personales,
ligadas a la historia del arte y de la cultura. Tal travesía
significa también no mitologizar el propio yo sino
que insertarlo en una ruta de colisión con otras posibilidades
expresivas aceptando así la posibilidad de poner la
subjetividad en el cruce de tantos ensambles. "El ser
es el delirio de muchos" (R.Musil)
El
rompimiento de la obra significa el rompimiento del mito de
la unidad del yo, significa asumir el nomadismo de un imaginario
sin pausas o puntos de anclaje y de referencia.
Todo
esto refuerza la noción de la transavanguardia, en
cuanto derriba la actitud de la vanguardia de tener el privilegio
de los puntos de referencia.
Toda
obra se vuelve una peripecia que va y vuelve en el lugar de
la obra, que atraviesa los múltiples campos de referencias,
que se sirve de todas las herramientas, una manualidad dirigida
por la gracia del color y de muchas materias, un pensamiento
que piensa directamente a través de las imágenes
y se esconde en el fondo de la visión, como una temperatura
que se vuelve adhesiva y permite a los fragmentos de la obra
mantenerse en una relación móvil que no se cierra
nunca y nunca busca amparo en la idea de la unidad.
No
existe ninguna regla demiúrgico, sólo la práctica
creativa del arte que vuelve estable toda precariedad sin
transformarla en consolidación y simbólica inmovilidad.
La obra conserva el flujo de su proceso, de su ser activo
en los alrededores de una subjetividad que nunca se vuelve
ejemplar, sino a conservar el carácter de precariedad,
de una apertura de campo que no significa éxtasis romántico
del infinito de la vanguardia sino moverse sin centro a lo
largo de corrientes marcadas por una única perspectiva,
la del placer mental y sensorial.
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